Tangueros de Sangre Negra: Carlos Posadas

Ricardo A. Ostuni

Negros en el Río de la Plata

El primer hombre negro que llegó a América lo hizo como explorador y no
como esclavo: fue don Alfonso Prieto, piloto de la Pinta con Pinzón y
Colón. Esto lo apunta Marcos de Estrada en su interesante estudio titulado
Argentinos de origen africano, que editara Eudeba en 1979.
Es que la trata -o sea el tráfico de negros para venderlos como esclavos-
comienza a partir del siglo XV (en 1693 aparece la primera referencia
sobre la esclavitud en el Río de la Plata) alcanzando una inconcebible
magnitud durante los últimos años del siglo XIX. Diversos autores (Du
Bois, Ducasse, entre ellos) estiman que durante este lapso de trescientos
años, más de ciento cincuenta millones de personas fueron arrebatadas de
su Africa natal.
No resulta fácil saber con exactitud el origen de los negros que, como
esclavos, llegaron al Río de la Plata. Según Bernardo Kordon 1 tanto en
Brasil, como en Uruguay y en Buenos Aires, desaparecieron los documentos
más importantes del tráfico negrero. No obstante se ha aceptado que los
negros porteños procedían mayoritariamente del Congo y de Angola: eran los
llamados bantúes.
También existen marcadas diferencias entre los diversos investigadores,
acerca de la cantidad de negros esclavos llegados a nuestras costas.
Ricardo Rodríguez Molas 2 habla que «posiblemente no menos de doscientos
mil esclavos ingresan en los doscientos treinta años posteriores a 1580,
por los puertos de Buenos Aires y Montevideo…», aunque el
empadronamiento de 1744 y los censos realizados en 1778 y 1810 arrojaban
cifras exiguas para nuestra ciudad.
En 1744 la proporción de negros respecto del total de la población de
Buenos Aires, era del 14,1 % (1.701 negros, mulatos y zambos), porcentaje
que llegó al 29,6 % en 1810 con un total de 11.837.
En las décadas siguientes esta participación sufrió distintas
oscilaciones. Hacia 1822 la cantidad se había incrementado a 13.685
personas (8.795 morenos y 4.890 pardos); por 1836, según el censo mandado
a realizar por Rosas, la cifra llegaba a 14.906, calculándose que a
principio de los años cuarenta, el número de pardos y morenos rondaba los
20.000.
Pero es muy interesante remitirse al censo de 1887 ordenado por la
Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires que distinguió entre la
población blanca y la de color. Los guarismos revelan que, para entonces,
solos existían 8.005 negros y mulatos en la ciudad de Buenos Aires, sobre
un total de 430.000 habitantes.
Y otro dato a considerar, es la memoria del censo realizado en 1895, donde
se expresa que se resolvió no estudiar la composición étnica de la
población porque el corto número de negros, mulatos e indios civilizados
lo hacía irrelevante.
Pero, sea como fuere, la sangre negra influyó en el desarrollo de
distintos oficios y profesiones en la Argentina y también enalteció los
cuadros militares de la patria en sus guerras emancipadoras. También es
innegable su presencia en algunos patrones culturales de ambas márgenes
del Plata. A uno y otro lado del ancho río se cultivaron danzas negras
como la calenda y la bambula, el candombe y la chika y se oyeron los ecos
de tambores y tamboriles, de mazacollas y marimbas, de hueseras y
tacuaras. En danzas como el malambo -nombre de origen africano- y la
milonga -voz de idéntica procedencia- se observan características acerca
de cuya africanía resulta ocioso discutir. 3
Sin embargo no es posible una afirmación tan rotunda respecto de la
génesis del tango criollo. Vicente Gesualdo en su monumental obra Historia
de la Música Argentina (Beta 1961, vol. 2) recorre las diversas
etimologías de este vocablo que, a pesar de su innegable sonoridad
africana, aparece también en la literatura del medioevo español y en el
lenguaje de diversos pueblos europeos y americanos. A ese respecto dice
Vicente Rossi 4 que podría publicarse un respetable volumen con los
supuestos orígenes (sic) del Tango, descubiertos por nuestros cronistas y
los de todas las lenguas más o menos vivas. No quedaría un solo rincón de
la tierra sin citar. Para este autor el tango proviene de la música negra
a través de la milonga montevideana.
Pero no es motivo de esta nota discutir los orígenes del tango criollo,
aunque vale apuntar -al menos para incitar a la reflexión- que su gesta se
produjo simultáneamente a la de otras manifestaciones urbanas: el fútbol,
el teatro, la literatura y las artes localistas. Esto, en principio, nos
estaría indicando la improcedencia de intentar su estudio al margen de
todo ese proceso de auténtica raigambre popular.
los posadas
Los primeros músicos del tango criollo debieron ser cuasi ambulantes como
dice Fernando Assunçao 5 aunque no carentes de verdadero virtuosismo.
Muchos nombres se perdieron en la memoria del tiempo; otros perduran sin
demasiada certidumbre sobre su existencia (el negro Casimiro, por
ejemplo). Pero al mismo tiempo hubo músicos y compositores de
reconocida trayectoria, cuyas obras fueron preanuncio de la gran
renovación musical ocurrida décadas más tarde.
Entre ellos se encuentra Carlos Posadas, hombre de raza negra -violinista,
pianista, guitarrista, compositor y director- miembro de una familia de
destacados músicos con sólida formación académica.
Fue Carlos Posadas quien inauguró esa línea de evolución estética que
reconocemos en la obra de Agustín Bardi y José Martínez, entre otros. Ya
en sus primeras composiciones -El Toto, El Taita, El Calote- aflora esa
inventiva musical que define a sus composiciones más perdurables: Jagüel y
El Tamango.
Como ejecutante del tango tuvo muy poca actuación. Se anotan algunas
orquestas que dirigiera desde el violín o desde el piano en bailes de
carnaval y en ciertos escenarios porteños. Su verdadera trascendencia y su
definitivo aporte al tango, está en su trayectoria de compositor.
Carlos Posadas nació en Buenos el 2 de diciembre de 1874 y murió a los 44
años de su edad el 12 de noviembre de 1918. Era uno de los hijos de Manuel
Posadas, periodista argentino de origen africano, nacido el 18 de octubre
de 1841 y de Emilia Smith, también morena.
Don Manuel tuvo verdadera pasión por la música y en su adolescencia tomó
clases con el profesor Silveira, destacada personalidad de aquel entonces.
Pero también fue guerrero del Paraguay. Enrolado en el 2º batallón del
3er. regimiento al mando del coronel José María Morales, se ganó
meritoriamente el grado de sargento. Después acompañó a Mitre en su
intento revolucionario de 1874 y otra vez en la revolución de 1880 estuvo
al lado de su admirado coronel Morales peleando en los combates de
Barracas y Puente Alsina. Empuñó el fusil en la revolución del 90 al lado
de los sublevados del Parque de Artillería. Fundó periódicos y colaboró
asiduamente en el diario La Nación recién lanzado por Bartolomé Mitre. Dos
de sus hijos -Carlos y Manuel- transitaron caminos de la música. (Tuvo un
tercer hijo llamado Luis María, ajeno a esta actividad).
Manuel, nacido en 1860 (por ende, catorce años mayor que Carlos) fue el
primero en mostrar su vocación. Don Manuel padre -con la muy presumible
ayuda de Mitre- pudo enviarlo a estudiar a Europa con el violinista belga
Eugene Ysauye. Llegó a ser primer violín del Teatro Colón, profesor del
Instituto Nacional de Ciegos y, nada menos, que maestro de Juan José
Castro. También dirigió grandes orquestas que animaron bailes del carnaval
de principios de siglo. El diario «La Tribuna» del 11 de febrero de 1903
comenta al respecto: «El Politeama Argentino presentará en los próximos
bailes una innovación que será recibida seguramente con satisfacción por
el elemento bailarín. La empresa se ha ocupado especialmente de organizar
una orquesta de 40 profesores en su totalidad argentinos, bajo la
dirección del maestro Manuel Posadas…»
Fue, por supuesto, quien guió los primeros pasos de Carlos en el
aprendizaje del violín y en los secretos de la composición musical.
Carlos se casó con Mercedes Sumiza y tuvo varios hijos: Manuel Carlos,
Luis María, Emilia, Haydée, Delia, Adela y Julia. Como violinista actuó en
algunas orquestas con repertorio clásico y hacia 1917 fue concertino en la
del teatro Avenida dirigida por el maestro Penella que interpretaba
especialmente operetas y zarzuelas en boga.
Como guitarrista -instrumento del que era eximio ejecutante por heredada
vocación paterna- trabajó en el Teatro Opera en la famosa compañía de
Madame Rassimi.
Con los hermanos Juan José y José María Castro, Carlos Posadas solía
actuar frecuentemente en servicios religiosos. Y vale decir que Juan José
Castro, en nombre de esa amistad, le dedicó su excelente tango ¡Qué titeo!
También supo presentarse, con un trío que integraba junto a Ennio
Bolognini en celo y Pizzapia en piano, en las primeras salas
cinematográficas de la ciudad.
Según Ulyses Petit de Murat 6 muchos formadores importantes en la
evolución tanguística pasaron por lo de Hansen, (entre ellos) el autor de
El Jagüel y Cordón de Oro, (quien además) amenizaba las farras en lo de
Laura.
Idéntica es la opinión de Néstor Ortiz Oderigo 7: «… al promediar el
siglo diecinueve durante un vasto lapso, el arte sonoro y los músicos
afroargentinos, sobre todo los pianistas, monopolizaron o poco menos, las
famosas «academias de baile»… ¿Algunos nombres? El ya legendario
Alejandro Vilela, Tiburcio Silbarrio, Rosendo Mendizábal, Harold Phillips,
Juan Santa Cruz, el Negro Posadas…»
Tuvo asimismo una destacada labor docente en la formación de músicos e
instrumentistas; entre sus discípulos se cuenta, entre otros, la
renombrada concertista María Luisa Anido.
Carlos Posadas mantuvo una larga e inalterable amistad con grandes músicos
tangueros: Juan Bergamino -el autor de Joaquina- era el padrino de su hijo
Carlos; con el violinista Ernesto Zambonini, «El Rengo», solía encontrarse
en el café El Maratón de Costa Rica y Canning; con Maglio (a quien le
escribiera en el pentagrama muchas de sus brillantes composiciones) solía
reunirse en el famoso Garibotto de Pueyrredón y San Luis, donde actuaba el
inefable Pacho por 1910. (Llegué a conocer este almacén llevado por mi
padre en inolvidables mediodías domingueros).
Su obra revela -como dije- una inspiración tan singular, que lo coloca
entre los autores de mayor originalidad creativa en toda la historia del
tango. Fue el precursor de esos tangos que rezuman pampa, que trasuntan un
hálito campero inspirados, quizás, por el criollismo porteño de su padre
que jugó su pluma y su pellejo por la causa de Buenos Aires, en las horas
de la organización nacional. En la línea creativa que tuvo ilustres
continuadores en Bardi, Martínez, Firpo, Filiberto y, en nuestros días,
Horacio Salgán.
La obra de Carlos Posadas
No resulta fácil compendiar la obra que dejó Carlos Posadas. Algunas
composiciones figuran en los registros de la Biblioteca Nacional; otras
surgen de las partituras y de las etiquetas de las primeras grabaciones;
algunas más aparecen en la memoria de sus contemporáneos en distintos
reportajes. El siguiente listado, seguramente incompleto, da testimonio de
su rica fecundidad.
Tangos: Una primera serie de ocho composiciones numeradas correlativamente
al modo que lo hacía Américo Spátola entre otros y que fueran editadas por
J. A. Medina e Hijos:
Nº 1- El Toto (a mi sobrino A. Valdez, hijo)
Nº 2 – El Taita
Nº 3 – El Calote
Nº 4 – La Llorona (a la señorita Aída Campos)
Nº 5 – Igualá y Largá
Nº 6 – Si me querés, decime
Nº 7 – El Gringo (dedicado a Juan Bergamino)
Nº 8 – El Talero
Posteriormente compuso:
* Cordón de Oro (a mi distinguido discípulo y amigo Alberto Cattáneo)
* Don Héctor (al señor Héctor Rodríguez)
* El Biguá (a los señores Luis y Pedro Zabalía)
* El Chacarero (a mi querido amigo Juan B. Martínez)
* Guanaco (al señor Honorio Valdéz)*
* Jagüel (a mi estimado amigo Teodoro Argerich)**
* El Tamango (al amigo Carlos Garibotto)
* Tímido (al jockey Francisco Liceri)
* El Ventilador (al señor Ricardo Galup Lanús)
* Enriquito (a mi amiguito Enrique Klappenbach Piñeiro
* Fatal herida
* Indio Muerto
* La Tacuarita (al amigo Carlos La Rosa)
* Pituca
* El Retirao (al amigo Argentino Tarantino)***
* Teodorito (a mi amiguito Teodorito Argerich)
* Un Reculié (al discípulo y amigo Alfredo M. Ferré)
* Marta (al señor Alberto Caprile)
* El Flaco (a mi discípulo y mejor amigo Bernardo Bulando)
* Mi Doctor
* Mi Porota (a mi querida hija Haydée Enriqueta)
* Mi Ricurita
* Qué Parada
* Tené Paciencia
* El Simpático (al simpático compositor Agustín Jaurigue)
* Catita (al señor Aristóbulo J. Delfino
Rubén Pesce 8 cita además como inéditos:
* Cuarteto Pacho
* Nicucho
* La Pera de Cesáreo
* Cuartelera
* El Protegido
* Mi Compadre
Mazurca: * Mi Comadre
Vals: * Pitita (inédito según Rubén Pesce)
Francisco Canaro en Mis Memorias, pág. 71 le adjudica a Posadas la autoría
del tango Quiero Papita. Presumiblemente se trata de un error.
No hay un juicio definitivo sobre la ascendencia negra del tango. Como
bien dice José Luis Salinas Rodríguez 9 la etimología del vocablo
identifica un baile negro, pero la gestación del tango criollo no puede
ser desvinculada del cuadro social de la época: «El nuevo género que
estaba dando sus primeros pasos en los arrabales de Buenos Aires y
Montevideo durante el último tercio del siglo XIX, todavía difuso y
movedizo, pero ya con vida propia, también habría de difundirse como
tango».
Lo innegable es que, en los días fundacionales, hubo muchos negros y
pardos vinculados al tango en ambas márgenes del Plata, lo que hace
verosímil alguna influencia de la milenaria cultura afro, proveniente de
reinos, imperios y señoríos que se remontan al siglo VIII a. C.
Sin embargo, muy pocos son los nombres que trascendieron con
significación. De todos ellos Carlos Posadas fue el único que alcanzó a
producir una obra tan original, criolla y perdurable como la comentada.
Lamentablemente muy pocas de sus obras fueron llevadas al disco. A
continuación figuran algunas de las grabaciones más conocidas 10:
Cuarteto Criollo La Armonía: El Jagüel (1913 – Disco Sonora Nº 7018 –
Matriz 28545).
Aníbal Troilo: Cordón de Oro (18/7/41), El Tamango (23/10/41) y Retirao
(10/7/57).
Carlos Di Sarli: El Retirado (sic 11/12/39, su primer registro para el
sello Victor) y El Jagüel (4/11/43, 9/52, 23/2/56).
Juan D’Arienzo: Cordón de Oro (23/10/67), El Jagüel (23/10/67) y El
Tamango (16/8/67).
Horacio Salgán: Retirao.
Trío Federico, Berlingieri, Cabarcos: Retirado (1972).
Los Señores del Tango: El Jagüel (26/9/62).
Tango x 3: Retirao (R. C. A. – CAS 3329).
Ernesto Baffa: Cordón de Oro (Polydor 2387108-A).

Referencias:
* Guanaco era el nombre de un potrillo propiedad del señor Honorio Valdéz.
También otras composiciones de Posadas están vinculadas al turf.
** Jagüel: Así figura en la edición original.
*** El Retirao: idem.
1 Bernardo Kordon: La Raza Negra en el Río de la Plata, Todo es Historia,
Suplemento Nº 7.
2 Ricardo Rodríguez Molas: Algunos aspectos del negro en la sociedad
rioplatense del siglo XVIII. Anuario de la Universidad Nacional del
Litoral, Nº 3, Rosario 1958.
3 Néstor Ortiz Oderigo: Calunga, Eudeba 1969.
4 Vicente Rossi: Cosas de Negros, Hachette 1958, 2a. edición.
5 Fernando Assunçao: El Tango y sus circunstancias. El Ateneo, 1984.
6 Ulysses Petit de Murat: Presencia Viva del Tango. Selecciones del
Reader’s Digest.
7 Néstor Ortiz Oderigo: De los Tambores y la Marimba al piano. La Prensa
24/8/80.
8 Rubén Pesce: La Historia del Tango. Corregidor.
9 José Luis Salinas Rodríguez: Jazz, Flamenco, Tango: las orillas de un
ancho río. Ed. Catriel, 1994.
10 Archivo Club de Tango.

Agradecemos al coleccionista don Bruno Cespi.

Artículo publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro. 12 diciembrel 1994

~ por candombleargentina en 2 noviembre 2008.

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